Reto lector 2019 – Febrero

Por: Ángela Margarita Suárez-Orellano

Febrero – Un libro sobre una persona que admires

Libro recomendado: Yo soy Malala de Malala Yousafzai y Christina Lamb. Ed. Alianza. Barcelona: 2015. Traducción de Julia Fernández.

Recuerdo que la primera vez que oí hablar de Malala, la niña que recibió un Premio Nobel de la Paz por oponerse al régimen Talibán en Pakistán, no le di mucha importancia. Me parecía entonces que los medios buscaban vanagloriar la figura de una persona corriente, una niña, que prestaba su rostro para mover intereses políticos globales. ¡Qué equivocada estaba!

Malala no es una activista de ocasión, no se hizo famosa por viralizar un video o por proponer un hashtag que se tornó trending topic. Malala es innata, genuina, ancestral. Su libro recoge una historia que no es solo suya, sino la historia de toda una nación. Los pashtunes del Swat, sus leyendas, su cultura, las historias de vida de sus padres, la historia de amor de ellos mismos y la lenta y progresiva inserción del radicalismo islámico que se materializó en los ejércitos talibanes y redefinió la vida y posibilidades de personas ordinarias. Hasta ese punto, la historia de Malala se parece mucho a la de casi cualquier niño nacido en un país del Tercer Mundo. Una historia de superación familiar, de valores tradicionales, de migraciones del campo a la ciudad, de amor incondicional de los padres por sus hijos. Y también de amistad, rivalidad, y formación del carácter de cualquier niña en sus primeros años escolares. Sí, pensaba, Malala y yo nos parecíamos. Pero el punto de quiebre que marcó para mí una diferencia irreconciliable con Malala fue el uniforme, para mí las ropas más odiadas que he llevado; para ella, un símbolo de libertad de pensamiento. Desde los nueve años Malala emprende acciones de resistencia contra el régimen Talibán, convencida de que ella –con ayuda de su incondicional padre– podría hacer la diferencia. Los sucesos en el libro se precipitan luego de que Malala recibe los disparos en su cabeza mientras se disponía a hacer uno de sus cotidianos actos rebeldes: asistir a clases. El tono en el libro es casi conversacional. Te deja la sensación de que Malala se ha tomado un café contigo y te ha contado su historia, y la de su familia, y la de su pueblo. Pero sin agobios, con confianza, seguridad y algo de humor. Malala tiene una historia que admiro, porque ella cree que puede cambiar el mundo. Y lo está haciendo

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