Por Nancy Castañeda
Los derechos y deberes parten de la Constitución Política, carta en la que se consignan: el derecho de acceso a la información, al conocimiento, a la cultura, los cuales son ratificados en acuerdos, resoluciones, proyectos, programas que finalmente buscan dar garantía y cumplimiento. Esto crea sin duda, un vínculo importante con las políticas de lectura.
En general, con la publicación de leyes y normativas ocurre algo y es que no es suficiente saber que existen leyes (para este caso) sobre lectura, escritura, bibliotecas, porque no hay un hábito generalizado en el que se lea acuciosamente y se entienda en qué consisten los derechos fundamentales y por consiguiente los sociales, económicos y culturales; en la medida en que se conoce la trascendencia que estos tienen, en esa medida se relaciona la expedición de normas con la exigencia de sacarlo del papel y del escritorio desde donde se expidió para exigir su cumplimiento.
Ahora bien, para dar cumplimiento a las leyes relacionadas con el libro y la lectura, a través de actividades como: promoción de lectura, libros itinerantes, hora del cuento y demás a cargo de las bibliotecas principalmente, dicho cumplimiento necesariamente debe ser pensado y desarrollado bajo el entendimiento de que a través de la lectura se busca generar alianzas entre: necesidades básicas con lectura, acceso a la información con oportunidades de progreso, promoción de la cultura con memoria y sentido de pertenencia; de no ser así, no se logra la trascendencia que deben generar estas actividades en la vida de la gente.
¿Por qué reflexionar sobre esto? porque si esto fuera lo suficientemente claro para todos, sería evidente el cambio de percepción de la sociedad frente a la democracia, para este caso, la democracia del voto. Cada período de elecciones se ha convertido en un déjà vú donde se repite la misma historia: compra de votos, repartición de mercados, subsidios, parapolítica, corrupción y más corrupción. Desafortunadamente la democracia se limita a ser una democracia deliberativa, la de elija y reclame su tamal, pero: ¿Quién se encarga de hacer una democracia más participativa? ¿Es acaso una tarea que le corresponde a alguien en especial? ¿Hay datos de a quien hay que acudir? Ó ¿toca votar por alguien para esto también?
Por sentido común, se creería que en la medida en que cada acto lector individual o en conjunto, se asocie con entender de dónde vienen las necesidades básicas, por qué los derechos fundamentales y para qué democracia participativa, cambiarían de manera trascendente las decisiones de la gente cuando de ejercer democracia deliberativa se trata puesto que el progreso de todos depende tanto de quien elige como de quien es elegido. Así es que, la responsabilidad de promover la democracia participativa en aras de detener el déjà vu es de todo aquel al que le duele este país, al que por infortunio o por bendición de la Divina Providencia le tocó habitar este territorio llamado Colombia.