La voz de los libros raros, antiguos y curiosos en la era de la inteligencia artificial

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En varios momentos de la historia surgieron giros radicales en la sociedad tras la difusión del conocimiento humano, momentos que han transformado al mundo, en cómo lo entendemos y lo vivimos. Uno de esos episodios se dio con la invención de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV, lo cual no solo multiplicó las páginas y la reproducción de los libros masivamente, sino que sembró la posibilidad de pensar y razonar diferente ante una idea, lo que para entonces sólo era delegado a unos pocos, y que esas ideas pudieran llegar mucho más lejos de sus autores.

Fue este suceso el despegue de una democratización sigilosa y masiva de información: dónde el conocimiento dejó de ser solamente una voz de un maestro y sus proclamaciones orales en lugares públicos y comenzó a habitar y circular en los pliegos de papel que producía cada individuo. Cada libro antiguo conserva ese pulso, ese gesto humano y particularidad de quien grabó su pensamiento con esfuerzo, con lentitud y con amor por las palabras, un dato curioso: hoy en día estos libros producidos hasta 1501 son llamados “incunables”.

Cinco siglos después, la tendencia ya no es en la tinta y el papel, sino en los datos. La inteligencia artificial genera contenidos, escribe, analiza, resume, traduce, e incluso imita la voz de los poetas, novelistas, filósofos, racionalistas, científicos, clérigos, políticos, etc. Aunque la velocidad y la precisión del algoritmo asombre, aún sigue habiendo una cuestión ética y surgen preguntas cómo: ¿qué permanece cómo creación humana en nuestras culturas cuando todo se automatiza y se agiliza? Quizás la respuesta esté, en los libros, principalmente los más inéditos y en aquellos registros de la razón pura, expresados creativamente sin apoyo de una tecnología generativa.

Libros antiguos sobre entomología, con ilustraciones coloridas de insectos en una página y tres volúmenes en la parte inferior, mostrando la diversidad del conocimiento natural histórico.

Las colecciones raras, curiosas y antiguas, cómo por ejemplo las que alberga la Universidad de la Sabana en su Biblioteca, son más que objetos para preservar y conservar; son huellas de una humanidad que aprendió a narrarse a sí misma creativamente en todas las áreas del conocimiento bajo una filosofía de la razón y pensamiento puro, con preguntas sin respuestas absolutas.

En estas colecciones están plasmados los textos escritos por estudiantes y pensadores de hace siglos, contienen incluso errores tipográficos que cuentan historias de imprentas artesanales, el diseño de las portadas y encuadernaciones hechas a mano por artistas anónimos. Cada rasgo físico es una memoria del proceso humano de conocer y crear contenidos desde cero.

Las bibliotecas han contribuido a albergar conocimiento, como el que se produjo en el movimiento intelectual y cultural de la Ilustración del siglo XVII hasta finales del siglo XVIII, lo cual fue una época que promovió la producción de las ciencias, y cuestionó el dogma y la superstición de algunos sectores del conocimiento.

En el siglo XXI, todas las áreas del conocimiento humano han tenido que adaptarse a los contenidos digitales debido al avance de la tecnología y a la enorme cantidad de información que se genera cada día en los distintos dispositivos. Con la llegada de la Inteligencia Artificial (IA), este fenómeno se ha intensificado, pues ahora también se pone en duda la manera en que percibimos y comprendemos la realidad, especialmente ante la dificultad de distinguir entre lo auténtico y lo generado por sistemas automatizados.

En este diálogo entre pasado y futuro, el libro impreso y la inteligencia artificial no se oponen: se complementan. La IA permite leer de otra forma a la humanidad, descubre patrones, compara versiones, reconstruye contextos, supera el aprendizaje y los métodos tradicionales de resolver conflictos y tomar decisiones, sin embargo, los libros nos enseñan a leer con pausa los autores y el recorrido del tiempo, con tacto detallar el arte, y con respeto valorar el conocimiento humano.

Estos fenómenos: —la imprenta, la ilustración y la inteligencia artificial— son revoluciones del lenguaje que cambiaron la comunicación, pero mientras las dos primeras multiplicaron las voces, no debemos olvidar que cada uno tenemos voz propia y una forma subjetiva e individual de entender y expresar las ideas. Debemos ser reguladores en el uso de la IA, ya que amenaza con diluir la creatividad e independencia humana y mental, si olvidamos que es sólo una herramienta, que ayuda a resolver problemas al humano y agilizar tareas repetitivas, que no deberían ser usadas inmoral e inconscientemente por las personas para el daño de nuestra huella racional y humana.

Estante de libros antiguos y raros en una biblioteca, mostrando diversas encuadernaciones y volúmenes de diferentes tamaños y colores.

Las sociedades y culturas han cambiado con cada revolución textual. La imprenta rompió jerarquías del saber; la digitalización abrió fronteras del acceso a la información. Y hoy, la inteligencia artificial nos confronta con la ética de la creación: ¿seguimos siendo autores o ya somos coautores con las máquinas? Quizá, como los viejos impresores, debamos aprender de nuevo a ser artesanos del pensamiento: combinar la precisión técnica con la sensibilidad estética, equilibrar la velocidad de lo nuevo con la memoria de lo antiguo.

Entrar a una sala de libros raros y antiguos en una biblioteca es como viajar a un laboratorio de la historia. Las páginas desgastadas, los lomos de cuero, los grabados minuciosos, la manipulación cautelosa que se debe tener al consultarlos, son testigos de una época en la que leer era un acto físico y espiritual. En contraste, las pantallas actuales ofrecen inmediatez, pero también distancia: los ojos se deslizan, pero no siempre se detienen.

Por eso, las bibliotecas tienen hoy un papel crucial: tender puentes entre ambos mundos, mostrar que la tecnología no anula el pasado, sino que le brinda un nuevo significado. Las colecciones patrimoniales son un gran tesoro de la humanidad, los diseños creativos de los libros, la ciencia que hay detrás del cuidado y el acceso a sus contenidos, forma parte de la historia e idiosincrasia que nos define como humanos, las IA no reflexionan al respecto de los resultados para los que se programaron, son autoaprendizajes de máquina, que imitan y buscan fuentes muchas veces que no sabemos si son fidedignas, confiables y de primera mano cómo los libros.

La inteligencia artificial puede indexar, catalogar, traducir y hasta recrear un manuscrito perdido. Pero solo el ser humano puede otorgarle sentido, valor, emoción y memoria. Quizás el futuro de la lectura no esté en elegir entre el papel y el algoritmo, sino en reconocer que ambos forman parte de una misma travesía: la de una especie que, desde la primera chispa de Gutenberg hasta el último modelo de lenguaje semántico, sigue buscando entenderse a sí misma a través de las palabras. Los invitamos a conocer y consultar los tesoros de libros raros, antiguos y curiosos en la sala del 4° piso de la Biblioteca de UniSabana, al mismo tiempo que puedas llevar prestados los nuevos recursos que tratan de la era y revolución de las IA y su uso ético y responsable.

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